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El arte de torear corridas a la moderna

publicado a la‎(s)‎ 31 mar. 2012 10:43 por Club Taurino Calasparra   [ actualizado el 30 abr. 2012 1:46 ]
La aportación cultural de Marcial García a través de la investigación sobre Calasparra ha sido importantísima, probablemente cuando transcurran unos cuantos años apreciemos estas publicaciones que han descubierto gran parte de nuestra historia y que forman parte de la misma, son nuestro mejor patrimonio y descubren la grandeza de Calasparra y el corazón del investigador.

Responsable cultural desde su fundación del Club Taurino de Calasparra y perteneciente a la Academia Alfonso X El Sabio, Marcial tiene en su haber varias publicaciones sobre la historia y cultura de Calasparra pero cabe destacar en el contexto en el que estamos el libro "Correr los toros, recuperar una tradición" publicado en Septiembre de 2001.

Este artículo forma parte de la Conferencia que Marcial ofreció en las I Jornadas Historia de la Tauromaquia que se desarrollaron en Blanca los días 14 y 15 de Junio pasados.

Marcial analizó la costumbre de correr los toros, y puso como ejemplos los casos de Moratalla, Calasparra y Cehegín, junto con otras numerosas poblaciones de España.

Corridas a la moderna

Con el costumbrismo del siglo XVIII y a los impulsos de la Ilustración, parte de la intelectualidad española va a tomar partido por la fiesta de los toros, al considerarla como algo genuinamente español y digno de mejor suerte y mayor altura. Figuras como Moratín y Goya conseguirán que la tauromaquia interese y se vea como algo folclórico más allá de nuestras fronteras. Hijos de su siglo, los ilustrados pretenderán que, como todo arte, la tauromaquia tenga unas reglas que la defina y determine. Por eso los primeros toreros de fama, como Pepehillo, publicaran sus reglas de torear, que marcarán para siempre la corrida a la moderna, con todo su protocolo y liturgia.

Como hemos señalado, la nobleza, por prohibición real, se había visto obligada a apartarse, más o menos voluntariamente, del espectáculo taurino. Este rechazo de las clases pudientes permitió que el pueblo recuperara el absoluto dominio en el tema. La ausencia de caballeros permite que los peones comiencen a multiplicar y ordenar su intervención en la lidia. Los profesionales comienzan a diferenciarse manifiestamente en la vestimenta y comienza a regularse vestido y lidia. Costillares impondrá las primeras normas del vestido, Juan Romero inventará la muleta... así hasta configurar la fiesta en sus aspectos generales, al tiempo que se universaliza tanto que empieza a llamársele fiesta nacional, extendiéndose mas allá de los límites peninsulares, pasando a Francia y a las Indias.

Con las nuevas normas se necesitan nuevos espacios. Las viejas plazas mayores no sirven para las nuevas formas. Se precisan edificios ad hoc, con sus dependencias y separaciones; su ruedo y su callejón; sus toriles y desolladero; su tendido y sus palcos. Así nacerán las nuevas plazas de toros, imitando en los volúmenes y dependencias a los anfiteatros romanos o, incluso, rescatándose algunos de ellos para la nueva utilidad. La Carolina, Tarazona de Aragón, Zaragoza, Sevilla y tantos y tantos otros lugares que, con el tiempo, será una de las señas de la importancia de un lugar el tener o no tener el correspondiente coso taurino. La música, que en forma de capilla, en los actos solemnes, o de chirimía, en los populares, acompañaban a la corrida a la antigua, ahora pasa a ser la banda de pífanos y timbales y, con el tiempo, la banda, que tocará piezas escritas especialmente para el espectáculo, con el universal nombre de pasodoble.

La Guerra de la Independencia, con su implicación internacional, será el primer escaparate al exterior de la fiesta: Los escritores y viajeros del romanticismo, sus grabadores y sus pintores, terminaran dando el aura de rito y misterio, de valor y muerte, de arte y color que tanto atraerán a los espíritus curiosos, a los diletantes y a la masa de aficionados que llenarán plazas, alborotarán tertulias, inspirarán artistas y crearán partidarios y detractores.

Marcial García
De la Academia Alfonso X El Sabio